Liturgia de las Horas

Oficio de lectura — meditar la Palabra

V. Dios mío, ven en mi auxilio.

R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno

Antes que el día ocupe el pensamiento,
buscamos, Padre, tu presencia real:
abre el oído de nuestra alma atenta
a la Palabra que nos va a hablar.

Que tu Espíritu encienda la lectura,
haga arder la memoria de tu amor,
y lo leído se nos vuelva vida,
oración callada y conversión.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu,
un solo Dios por siempre. Amén.

Salmodia Semana 4

Ant. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Salmo 102, 1-7 · Bendice al Señor, alma mía Salmo 103,1-7

1Del mismo David. Bendice, ¡oh alma mía!, al Señor, y bendigan todas mis entrañas su santo Nombre.

2Bendice al Señor, alma mía, y guárdate de olvidar ninguno de sus beneficios.

3El es quien perdona todas tus maldades; quien sana todas tus dolencias;

4quien rescata de la muerte tu vida; el que te corona de misericordia y gracias;

5el que sacia con sus bienes tus deseos, para que se renueve tu juventud como la del águila.

6El Señor hace mercedes, y hace justicia a todos los que sufren agravios.

7Hizo conocer a Moisés sus caminos, y a los hijos de Israel su voluntad.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Ant. Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor con los que lo temen.

Salmo 102, 8-16 · El Señor es compasivo y misericordioso Salmo 103,8-16

8Compasivo es el Señor y benigno, tardo en airarse y de gran clemencia.

9No durará para siempre su enojo, ni estará amenazado perpetuamente.

10No nos ha tratado según merecían nuestros pecados, ni dado el castigo debido a nuestras iniquidades.

11Antes bien cuanta es la elevación del cielo sobre la tierra, tanto ha engrandecido él su misericordia para con aquellos que le temen.

12Cuanto dista el oriente del occidente, tan lejos ha echado de nosotros nuestras maldades.

13Como un padre se compadece de sus hijos, así se ha compadecido el Señor de los que le temen.

14Porque él conoce bien la fragilidad de nuestro ser. Tiene muy presente que somos polvo,

15y que los días del hombre son como el heno: cual flor del campo, así florece, y se seca.

16Porque el espíritu estará en él como de paso; y así el hombre dejará pronto de existir y le desconocerá el lugar mismo que ocupaba.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor con los que lo temen.

Ant. La misericordia del Señor dura desde siempre y para siempre.

Salmo 102, 17-22 · La misericordia eterna del Señor Salmo 103,17-22

17Pero la misericordia del Señor permanece desde siempre y para siempre sobre aquellos que le temen. Su justicia no abandonará jamás a los hijos y nietos

18de aquellos que observan su alianza, y conservan la memoria de sus mandamientos, para ponerlos en práctica.

19El Señor asentó en el cielo su trono; y su reino dominará sobre todos.

20Bendecid al Señor todos vosotros, ¡oh ángeles suyos!, vosotros de gran poder y virtud, ejecutores de sus órdenes, prontos a obedecer la voz de sus mandatos.

21Bendecid al Señor todos vosotros que componéis su celestial milicia, ministros suyos que hacéis su voluntad.

22Criaturas todas de Dios, en cualquier lugar de su universal imperio, bendecid al Señor. Bendice tú, ¡oh alma mía!, al Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La misericordia del Señor dura desde siempre y para siempre.

V. Enséñame, Señor, tus caminos.

R. Y guíame en tu verdad.

Primera lectura — Cristo es nuestra paz Efesios 2,11-22

11Así, pues, acordaos, que en otro tiempo vosotros que erais gentiles de origen y llamados incircuncisos por los que se llaman circuncidados a causa de la circuncisión hecha en su carne, por mano de hombre,

12acordaos, digo, que vosotros no teníais entonces parte alguna con Jesucristo, estabais enteramente separados de la sociedad de Israel, extranjeros, por lo tocante a las alianzas, sin esperanza de la promesa o bienes prometidos, y sin Dios en este mundo.

13Mas ahora que creéis en Cristo Jesús , vosotros que en otro tiempo estabais alejados de Dios y de sus promesas, os habéis puesto cerca por la sangre de Jesucristo.

14Pues él es la paz nuestra, el que de los dos pueblos judío y gentil ha hecho uno, rompiendo, por medio del sacrificio de su carne, el muro de separación, esa enemistad que los dividía,

15aboliendo con sus preceptos evangélicos la ley de los ritos, o las ceremonias legales, para formar en sí mismo de dos un solo hombre nuevo, haciendo la paz,

16y reconciliando a ambos pueblos ya reunidos en un solo cuerpo con Dios por medio de la cruz, destruyendo en sí mismo la enemistad de ellos.

17Y así vino al mundo a evangelizar la paz a vosotros los gentiles, que estabais alejados de Dios, como a los judíos, que estaban cercanos;

18pues por él es por quien unos y otros tenemos cabida con el Padre eterno, unidos en el mismo Espíritu.

19Así que ya no sois extraños, ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y domésticos o familiares de la Casa de Dios;

20pues estáis edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, y unidos en Jesucristo, el cual es la principal piedra angular de la nueva Jerusalén ,

21sobre quien trabado todo el espiritual edificio se alza para ser un templo santo del Señor.

22Por él entráis también vosotros, gentiles, a ser parte de la estructura de este edificio, para llegar a ser morada de Dios por medio del Espíritu Santo.

V. Él es nuestra paz: de dos pueblos hizo uno solo,

R. derribando el muro que los separaba.

Segunda lectura — Padre nuestro: nadie ora solo

Adaptación libre de: Tratado sobre el padrenuestro, de San Cipriano de Cartago

El que nos dio la vida nos enseñó también a orar, observa Cipriano. Al rezar el padrenuestro no improvisamos: usamos las palabras que el Hijo puso en nuestros labios. ¿Qué oración podría llegar mejor al Padre que la que viene de la boca de su propio Hijo? Orar así es dejar que Cristo mismo interceda en nosotros y con nosotros.

Fíjate en la primera palabra: no decimos «Padre mío», sino «Padre nuestro». Nuestra oración nunca es un asunto privado. Quien reza la oración del Señor reza por todos, porque todos los creyentes somos uno solo. En ese plural cabe la Iglesia entera: los que dudan, los que sufren, los que están lejos. Nadie reza el padrenuestro solo, aunque lo rece en silencio y de noche.

Cipriano recomienda además la manera: sin gritos ni espectáculo, porque Dios no escucha la voz sino el corazón, y no necesita ser advertido a voces quien ve hasta los pensamientos. Y con el corazón en paz: de poco valen palabras de hijo si guardamos rencores de enemigo. Reconciliarse con el hermano es la mejor preparación para decir con verdad «Padre nuestro».

V. No decimos Padre mío, sino Padre nuestro.

R. Porque somos un solo cuerpo, oramos unos por otros.

Oración

Padre de misericordia, que perdonas nuestras culpas y curas nuestras enfermedades, no nos trates como merecen nuestros pecados, sino con la ternura que tienes con tus hijos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

V. Bendigamos al Señor.

R. Demos gracias a Dios.

Salmos y primeras lecturas: Biblia Torres Amat (1823) · Dominio Público. Segundas lecturas: adaptación libre propia de Padres y doctores de la Iglesia. Himno, antífonas, responsorios, oraciones y Te Deum: composición propia (edición Acutis).

Otras horas del día

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Textos cortesía de iBreviary (edición española, © Conferencia Episcopal Española).