Liturgia de las Horas

Oficio de lectura — meditar la Palabra

V. Dios mío, ven en mi auxilio.

R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno

Antes que el día ocupe el pensamiento,
buscamos, Padre, tu presencia real:
abre el oído de nuestra alma atenta
a la Palabra que nos va a hablar.

Que tu Espíritu encienda la lectura,
haga arder la memoria de tu amor,
y lo leído se nos vuelva vida,
oración callada y conversión.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu,
un solo Dios por siempre. Amén.

Salmodia Semana 4

Ant. Señor, escucha mi oración; que mi clamor llegue hasta ti.

Salmo 101, 2-12 · Súplica del afligido Salmo 102,2-12

2Escucha, ¡oh Señor!, benignamente mis ruegos; y lleguen hasta ti mis clamores.

3No apartes de mí tu rostro, en cualquier ocasión en que me halle atribulado dígnate oírme. Acude luego a mí, siempre que te invocare;

4porque como humo han desaparecido mis días, y áridos están mis huesos como leña seca.

5Estoy marchito como el heno, árido está mi corazón; pues hasta de comer mi pan me he olvidado.

6De puro gritar y gemir me he quedado con sola la piel pegada a los huesos.

7Me he vuelto semejante al pelícano, que habita en la soledad; me parezco al búho en su triste albergue.

8Paso insomnes las noches, y vivo cual pájaro que está solitario sobre los tejados.

9Me hieren todo el día mis enemigos, y aquellos que me alaban se han conjurado contra mí.

10Porque el alimento que tomo va mezclado con la ceniza; y mis lágrimas con mi bebida,

11a vista de tu ira e indignación, pues me levantaste en alto para estrellarme.

12Como sombra han pasado mis días y me he secado como el heno.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, escucha mi oración; que mi clamor llegue hasta ti.

Ant. Tú, Señor, te levantarás y tendrás piedad de Sión.

Salmo 101, 13-23 · Promesa de restauración de Sión Salmo 102,13-23

13Pero tú, Señor, permaneces para siempre, y tu memoria pasará de generación en generación.

14Tú te levantarás, y tendrás lástima de Sión; porque tiempo es el de apiadarte de ella, llegó ya el plazo.

15Y porque hasta sus mismas ruinas son amadas de tus siervos, y miran éstos con afición aun al polvo de aquella tierra.

16Entonces, ¡oh Señor!, las naciones temerán tu santo Nombre, y todos los reyes de la tierra respetarán tu gloria.

17Porque el Señor reedificará a Sión, en donde se dejará ver con toda majestad.

18El escuchó la oración de los humildes, y no despreció sus plegarias.

19Que se escriban estas cosas para la generación venidera; y el pueblo que será creado glorificará al Señor.

20Porque desde su excelso santuario inclinó los ojos hacia nosotros. Se puso el Señor desde el cielo a mirar la tierra,

21para escuchar los gemidos de los que estaban entre cadenas, para libertar a los sentenciados a muerte,

22a fin de que prediquen en Sión el Nombre del Señor y sus alabanzas en Jerusalén .

23Entonces los pueblos y reyes se reunirán para servir juntos al Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tú, Señor, te levantarás y tendrás piedad de Sión.

Ant. Tú eres siempre el mismo, y tus años no se acaban.

Salmo 101, 24-29 · El Dios eterno, esperanza del hombre Salmo 102,24-29

24Dijo el justo en medio de su florida edad: Manifiéstame ¡oh Señor!, el corto número de mis días.

25No me llames a la mitad de mi vida. Eternos son tus años.

26¡Oh Señor!, tú eres el que al principio creaste la tierra; los cielos obra son de tus manos.

27Estos perecerán; pero tú eres inmutable. Vendrán a gastarse como un vestido. Y los mudarás como quien muda una capa, y mudados quedarán.

28Mas tú eres siempre el mismo, y tus años no tendrán fin.

29Los hijos de tus siervos habitarán tranquilos en Jerusalén, y su descendencia quedará arraigada por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tú eres siempre el mismo, y tus años no se acaban.

V. Mi alma espera en el Señor.

R. Y yo confío en su palabra.

Primera lectura — Salvados por pura gracia Efesios 2,1-10

1El es el que os dio vida a vosotros, estando como estabais muertos espiritualmente por vuestros delitos y pecados,

2en que vivisteis en otro tiempo, según la costumbre de este siglo mundano, a merced del príncipe que ejerce su potestad sobre este aire, que es el espíritu que al presente domina en los hijos rebeldes,

3entre los cuales fuimos así mismo todos nosotros en otro tiempo siguiendo nuestros deseos carnales, haciendo la voluntad de la carne y de las sugestiones de los demás vicios, y éramos por naturaleza u origen hijos de ira, no menos que todos los demás;

4pero Dios, que es rico en misericordia, movido del excesivo amor con que nos amó,

5aun cuando estábamos muertos por los pecados, y éramos objetos de su cólera, nos dio vida en Cristo (por cuya gracia vosotros habéis sido salvados)

6y nos resucitó con él, y nos hizo sentar sobre los cielos en la persona de Jesucristo,

7para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia, en vista de la bondad usada con nosotros por amor de Jesucristo.

8Porque de pura gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no viene de vosotros, siendo como es un don de Dios;

9tampoco en virtud de vuestras obras anteriores, puramente naturales, para que nadie pueda gloriarse.

10Por cuanto somos hechura suya en la gracia como lo fuimos en la naturaleza, creados en Jesucristo para obras buenas, preparadas por Dios desde la eternidad para que nos ejercitemos en ellas y merezcamos la gloria.

V. Por gracia han sido salvados, mediante la fe,

R. y esto no viene de ustedes: es don de Dios.

Segunda lectura — La gloria de Dios es el hombre que vive

Adaptación libre de: Contra las herejías, de San Ireneo de Lyon

Dios no creó al ser humano porque necesitara algo, enseña Ireneo, sino para tener en quién derramar sus dones. Nos hizo capaces de crecer: como una criatura que se fortalece poco a poco, la humanidad fue llamada a madurar hasta poder sostener la vida misma de Dios. La historia de la salvación es esa paciencia: el Verbo acostumbrando al hombre a Dios, y a Dios a habitar en el hombre.

Cuando llegó la plenitud, el Verbo de Dios se hizo lo que nosotros somos para llevarnos a ser lo que él es. En Cristo, dice Ireneo, toda la larga historia humana queda recapitulada: él la recorre de nuevo desde dentro y la endereza, venciendo con obediencia allí donde habíamos caído por desobediencia. Nada de lo humano queda fuera de esa recuperación.

Por eso pudo escribir aquella frase luminosa: la gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios. Dios no compite con nuestra vida: la quiere plena. Cada vez que alguien pasa de la muerte a la vida, del rencor al perdón, del miedo a la confianza, la gloria de Dios resplandece en medio del mundo.

V. La gloria de Dios es el hombre que vive.

R. Y la vida del hombre es ver a Dios.

Oración

Padre eterno, que permaneces cuando todo pasa, escucha el clamor de los afligidos y reconstruye lo que en nosotros está derribado, para que las generaciones futuras alaben tu nombre. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

V. Bendigamos al Señor.

R. Demos gracias a Dios.

Salmos y primeras lecturas: Biblia Torres Amat (1823) · Dominio Público. Segundas lecturas: adaptación libre propia de Padres y doctores de la Iglesia. Himno, antífonas, responsorios, oraciones y Te Deum: composición propia (edición Acutis).

Otras horas del día

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Textos cortesía de iBreviary (edición española, © Conferencia Episcopal Española).